Está más que claro que los argentinos prefieren vivir en democracia que en otro sistema político. Ocho de cada 10 personas sondeadas por Zuban, Córdoba y Asociados han respondido afirmativamente a la frase “La democracia es el mejor sistema de vida que tenemos”. Aún más, este concepto se reafirma cuando al menos siete de cada 10 ciudadanos dicen que el voto debe ser obligatorio. Y aquí surge una cuestión de fondo: el sufragio es el principal instrumento con el que cuentan aquellos ciudadanos para avalar o no a un Gobierno. Independientemente del “disciplinamiento” político o de la dádiva oficial, el electorado está demostrando que, cuando no le gusta la forma de gestionar, castiga con su voto. Tras 38 años de vigencia, puede decirse que la democracia tiene los pantalones largos. Es la misma democracia que ha sobrevivido a crisis política, a debacles socioeconómicas como la de 2001/2002, que derivó en una sucesión de presidentes transitorios, pero siempre dentro del sistema. Es la democracia que está transitando una pandemia sanitaria global y también la que le pone freno a hegemonías e ideologías cuando los argentinos y las argentinas no están dispuestos a tolerar conductas individualistas. “La democracia aspira a la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de la vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de los partidos y la transformación progresiva de la sociedad”, supo decir Raúl Ricardo Alfonsín, en 1983, cuando se reinstauró la soberanía del pueblo y el derecho de ese pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes.
Zuban Córdoba y Asociados, en su último informe, ha revelado también que los argentinos interpelan a sus políticos. Un 74% de los consultados contestó que “el problema de la democracia son los políticos”. Es una creencia absolutamente transversal a todos los segmentos ideológicos, no hay grieta en ella señala la consultora. Por eso, casi la mitad de los que participaron en el sondeo de opinión púbica contestó que “la democracia no les resuelve sus problemas”.
A pesar de esas frustraciones, un 85% está convencido de que la democracia es el mejor sistema posible, y la posibilidad de tener gobiernos autoritarios sigue siendo rechazada por la inmensa mayoría, indica el diagnóstico privado. La sociedad argentina es democrática y está comprometida con las instituciones. La sociedad muestra, una vez más, estar adelantada con respecto a su dirigencia, completa la consultora.
En la política actual, sin embargo, no hay consenso entre sus dirigentes, ni proyectos que tiendan a hacer de la Argentina un país creíble. El factor confianza reina por su ausencia y así nos hace saber la comunidad internacional. El sueño de una país justo e igualitario sigue pendiente al observar las estadísticas oficiales. Un 40% de la población bajo la línea de pobreza y un 65% de los niños y adolescentes no pueden ascender en la pirámide socioeconómica, lo que también los posterga en la educación y en el desarrollo personal. La economía argentina sigue siendo pendular, mientras los distintos agentes económicos reclaman un plan que proyecte un crecimiento sostenido a través de los años. “Los argentinos hemos aprendido, a la luz de las trágicas experiencias de los años recientes que la democracia es un valor más alto que el de una mera forma de legitimidad del poder. Porque con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se educa y se cura”, postuló Alfonsín hace 38 años, en aquel rezo laico y oración patriótica escritos bajo el imperio del Preámbulo Constitucional. Tomando como referencia aquellas palabras, la política sigue en deuda con la sociedad argentina.